Volkswagen Magazine

Sostenibilidad

Bicicletas para la libertad.

Para millones de niños sudafricanos, ir a la escuela supone agotadoras caminatas diarias. Una iniciativa patrocinada por Volkswagen les proporciona a muchos una bicicleta y, con ello, les cambia la vida.

Texto Joachim Hentschel
Fotografía Desere Wadsworth

Para Karabo y Dumisani, Boitumelo y Lesedi, el día empezaba hacia las cuatro y media de la mañana: levantarse, lavarse la cara, desayunar un té y una tostada con mermelada todavía de noche, preparar la mochila, subirse los calcetines y ponerse el calzado de caminar.

Y es que, antes de empezar las clases de geografía e inglés a las ocho menos veinte y antes de que en las aulas de KwaZulu-Natal o Nkonkobe se desvelaran los secretos de las fórmulas binómicas y la química inorgánica, cuando aún despuntaba el alba, estos jóvenes escolares tenían que hacer una larga caminata a pie para llegar a tiempo a la escuela.

Las bicicletas azules se les prestan a los escolares durante dos años. Si todo va bien, una vez transcurrido ese tiempo pueden quedarse con ellas.

En las ciudades europeas, los niños ya protestan si el autobús que les lleva al colegio tarda 20 minutos. La mayoría de ellos ni siquiera se imagina las condiciones a las que se enfrentan los niños de su edad en otras partes del mundo. Como, por ejemplo, en Sudáfrica. En muchas zonas rurales del país, las escuelas están situadas en lugares despoblados en los puntos de intersección de polvorientas y sofocantes carreteras comarcales de forma que a todos les queden igual de lejos. Niños como Karabo y Dumisani y niñas como Boitumelo y Lesedi, que viven en las poblaciones y miniasentamientos circundantes, se ponen en camino de madrugada. Todos quieren aprender, aunque para ello tengan que recorrer –en caminatas de hasta dos horas– cinco, diez o quince kilómetros.

“Aquí muy pocos padres pueden permitirse pagar el autobús del colegio o un taxi”, señala Samson Shomela, director de la Zwelinzima Senior Secondary School, a la que asisten 850 alumnos procedentes de la provincia de KwaZulu-Natal, en el Este del país. “Los niños que vienen a pie desde los lugares más alejados suelen llegar a clase agotados, algo que desde luego no favorece el aprendizaje”. 

« Lo mejor de la bicicleta es que me ayuda a ser consciente de mis derechos ».

Funeka, alumna de bachillerato procedente de Nkonkobe

En las ciudades europeas, los niños ya protestan si el autobús que les lleva al colegio tarda 20 minutos. La mayoría de ellos ni siquiera se imagina las condiciones a las que se enfrentan los niños de su edad en otras partes del mundo. Como, por ejemplo, en Sudáfrica. En muchas zonas rurales del país, las escuelas están situadas en lugares despoblados en los puntos de intersección de polvorientas y sofocantes carreteras comarcales de forma que a todos les queden igual de lejos. Niños como Karabo y Dumisani y niñas como Boitumelo y Lesedi, que viven en las poblaciones y miniasentamientos circundantes, se ponen en camino de madrugada. Todos quieren aprender, aunque para ello tengan que recorrer –en caminatas de hasta dos horas– cinco, diez o quince kilómetros.

“Aquí muy pocos padres pueden permitirse pagar el autobús del colegio o un taxi”, señala Samson Shomela, director de la Zwelinzima Senior Secondary School, a la que asisten 850 alumnos procedentes de la provincia de KwaZulu-Natal, en el Este del país. “Los niños que vienen a pie desde los lugares más alejados suelen llegar a clase agotados, algo que desde luego no favorece el aprendizaje”.

Volkswagen y las bicicletas

La idea de impulsar la educación y el crecimiento en el mundo a través del uso de la bicicleta se les ocurrió a un empresario de Chicago, Frederick Day, y su mujer, Leah, en 2005. Desde 2015, Volkswagen es el principal patrocinador de la ONG fundada por el matrimonio, World Bicycle Relief. Entre 2016 y 2017 se tiene previsto donar un total de 2.000 bicicletas más en Sudáfrica.

¿Luchar contra la desigualdad social con bicicletas? Al principio, la idea parecía un poco ingenua, pero luego resultó genial precisamente por su sencillez. La idea se les ocurrió a los responsables de World Bicycle Relief, una ONG estadounidense, a finales de la primera década del nuevo milenio. En 2009 pusieron en marcha en Zambia el Bicycle Education Empowerment Program (BEEP) y, desde 2013, funciona también en Sudáfrica con la ayuda de las iniciativas Qhubeka y World Vision South Africa. Volkswagen la patrocina desde 2015.

Las bicicletas dan movilidad a quienes no pueden pagarse un coche ni billetes de autobús y a quienes viven en zonas que carecen de transporte público. Además, son un medio de transporte sostenible, apenas necesitan mantenimiento y no consumen combustible. Por otro lado, refuerzan la libertad social y las posibilidades de desarrollo, pues gracias a ellas, vivir en un lugar remoto ya no constituye un impedimento para acceder a la enseñanza o a la vida laboral. Para los habitantes de las zonas rurales de Sudáfrica, pisar los pedales de la bicicleta supone poder escapar de la precariedad. Sobre todo en el caso de los escolares, pero no exclusivamente ellos.

« La iniciativa no solo ayuda a los niños, también llama la atención de la opinión pública ».

Thomas Schäfer, Volkswagen Sudáfrica
La estrella televisiva Pearl Thusi asistió por sorpresa a la ceremonia de entrega en Nkonkobe.

« ¡Haced posible la educación y las oportunidades serán infinitas! ».

Pearl Thusi, actriz

Cuando en la primavera de 2015 Volkswagen, el principal patrocinador, y sus socios entregaron 1.100 bicicletas a niños de 20 escuelas sudafricanas, los actos se convirtieron en una especie de celebración del empoderamiento de las poblaciones locales. Por ejemplo, en Nkonkobe, en el sudeste. Allí, 300 alumnos de la Junior Secondary School se reunieron junto con los padres y vecinos de la zona para celebrar eufóricos el reparto de las flamantes bicicletas y hacerse ‘selfies’ con famosos de la televisión sudafricana, que asistieron como estrellas invitadas.

Al cambio, cada una de las bicicletas –fabricadas especialmente para World Bicycle Relief– cuesta unos 130 euros, inclusive casco, accesorios, transporte y formación de mecánicos locales para que puedan solucionar las averías. Su rasgo distintivo es que su cuadro es de acero y, por lo tanto, lo suficientemente robusto para resistir terrenos abruptos y los peores baches.

Obviamente, estar en posesión de una bicicleta también conlleva una responsabilidad. Las reglas del programa BEEP establecen que cada niño firme una especie de contrato de préstamo: con ayuda de su nuevo medio de transporte se comprometen durante dos años a mejorar su índice de asistencia y su rendimiento. Si lo cumplen, la bicicleta pasará a ser de su propiedad.

Y las estadísticas muestran que hay muchas probabilidades de que así sea. Según datos del BEEP, la asistencia a la escuela por parte de los jóvenes que participan en el programa aumenta por término medio hasta un 28% y las notas experimentan incluso una mejora de un 59%. Evidentemente, de vez en cuando se roba o se daña alguna bicicleta. En un mundo en el que apenas hay símbolos de estatus social, estos valiosos préstamos a veces son motivo de conflicto, pero se trata de excepciones. Además, aprender a lidiar con ellos desarrolla las habilidades sociales, algo que no incluye ningún plan de enseñanza.

« Muy pocos padres pueden pagar el autobús para ir a la escuela o un taxi ».

Samson Shomela, director de la Zwelinzima Senior Secondary School

“Nuestro compromiso con este proyecto ya está dando sus frutos”, se congratula Thomas Schäfer, Director General del Grupo Volkswagen en Sudáfrica. “La iniciativa no solo supone una ayuda práctica para los niños, también llama la atención de la opinión pública sobre el tema. Con sus actividades de responsabilidad social corporativa (RSC), Volkswagen siempre ha perseguido objetivos que aportaran profundidad y valor añadido, sobre todo en lugares con una infraestructura precaria”. Por ello, Volkswagen se ha comprometido a patrocinar el BEEP durante al menos tres años. Es decir, que, en colaboración con Qhubeka y World Vision South Africa, en 2016 y 2017 se volverán a repartir aproximadamente otras 1.000 bicicletas por año en escuelas de zonas rurales.

Los habitantes de los pueblos ya se han habituado al cambio de escenario. Llevaban años viendo pasar a pie a grupos de escolares entre las siete y las siete y media de la mañana por la colina de KwaZulu-Natal y la Provincia Oriental del Cabo. Ahora lo que ven son ciclistas: niños y niñas uniformados provenientes de poblaciones alejadas que llenan el ancho de los caminos en pequeños grupos y van haciendo carreras entre risas y gritos. El camino a la escuela se convierte en un juego, y los escolares llegan más puntuales.

“Lo mejor de la bicicleta es que me ayuda a ser consciente de mis derechos”, afirma Funeka, alumna de bachillerato de Nkonkobe. “Mi derecho a la libertad, mi derecho a ir a la escuela…”.

Quizá suene combativo, pero no exagera lo más mínimo.