Volkswagen Magazine

Sostenibilidad

«Nakanjani», tú puedes.

Millones de jóvenes sudafricanos viven en la pobreza, apenas encuentran trabajo y su día a día está marcado por las drogas y el sida. La fundación loveLife les enseña a tomar las riendas de su vida a pesar de todo. Hemos visitado el centro, situado muy cerca de la planta de Volkswagen en Uitenhage.

Texto Claudia Bröll
Fotografía Per-Anders Pettersson

 

Ayanda vive al final de la calle, justo donde la pista de arena rojiza desemboca en un campo atestado de bolsas de basura. El centelleante calor de la tarde cae a plomo sobre los perros adormecidos y las gallinas que picotean en la tierra seca. Estamos en Khayelitsha –una de las zonas de Kwanobuhle, el mayor “township” de Uitenhage, una ciudad de 100.000 habitantes colindante con Puerto Elizabeth–. Un lugar donde muelles de colchones viejos hacen de vallas.

 

A Ayanda, un sudafricano de 21 años, sus amigos le llaman “Einstein”. Basta con echar un vistazo a su domicilio –una choza de tablones de madera situada detrás de la casa familiar– para entender por qué: montones de papeles, repletos de fórmulas y teoremas, copan cada centímetro del suelo de linóleo. En la pared tiene colgado un cartel escrito a mano con citas del físico alemán. “Me he leído la obra de Einstein al completo”, dice serio. Su objetivo: ganarse la vida como científico.

 

 

Pero a “Einstein” lo atrapó la trampa de la pobreza. Igual que a millones de jóvenes, también negros, de su país. Nacido poco antes de que Nelson Mandela fuera elegido presidente, pertenece a la llamada generación “born free” (nacidos libres). Los tiempos de la segregación racial solo los conoce por las historias que cuentan los mayores. En realidad, debería haber tenido más oportunidades que sus padres, pero resulta que la libertad no trajo aparejado el anhelado bienestar económico. Con una modesta pensión, su padre tiene que mantener a una familia de seis miembros. Y, como el dinero no alcanzaba, Ayanda tuvo que abandonar sus estudios de informática. Ahora, convertido en autodidacta, estudia en la choza que hay junto al gallinero.

Sin embargo, su principal ocupación no es esa. Escrito sobre su camiseta negra se puede leer “loveLife”, el nombre de un centro de juventud situado no muy lejos de su casa. Ayanda es uno de los jefes de equipo, los llamados “groundbreakers”. Construido en 2012 con apoyo de Volkswagen y el sindicato IG Metall, el centro está administrado por la fundación sudafricana loveLife.

“Con esta inversión queremos contribuir a que los jóvenes tomen las riendas de su salud y de su vida, y adopten las decisiones correctas para su futuro”, así describe la misión Matt Gennrich, General Manager de Group Communications en Volkswagen Group South Africa. El proyecto, que se fraguó durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, preveía llegar a un total de 20.000 chicas y chicos al año. Después de dos años, son ya más del doble. Les hemos hecho una visita para averiguar la clave del éxito.

« Me he leído la obra de Einstein al completo ».

Ayanda Sali

El lugar de los hechos es un modesto edificio de una sola planta rodeado por una elevada valla de metal. Desde el interior apenas se percibe el ruido de la calle. Dentro bulle la actividad. A la derecha, los más pequeños juegan al futbolín; los mayores, al billar. A la izquierda, en el aula de cultura, un grupo de chavales de corta edad hacen una hora de lectura. En el campo deportivo se está desarrollando un apasionado partido de fútbol. Por su parte, en la sala de ordenadores, los jóvenes navegan por internet. El año pasado 140 alumnos asistieron a un curso de informática. Las instalaciones también cuentan con una emisora de radio propia que dirigen y presentan los propios jóvenes. Se llama L2K y emite por la frecuencia 99,5 FM todos los días en un radio de 5 kilómetros. 

El coordinador del centro, Themba Kani Maseti, tiene 38 años. De complexión corpulenta, luce una amplia sonrisa. Al cuello lleva anudado un amuleto. Se trata de una cinta de cuero con una imagen de Nelson Mandela. También Themba se crió en Kwanobuhle. Comenzó haciendo de misionero, después estuvo entrenando a un equipo juvenil de rugby, un deporte que aun hoy en Sudáfrica se sigue considerando un deporte de élite exclusivo para blancos. “De niño me hubiera encantado disponer de una oferta didáctica y de ocio como esta”, confiesa. Es por ello que decidió presentarse a la oferta de empleo. Y es que para él, lo que hace en loveLife es mucho más que un trabajo. Es una vocación. Es la forma de aportar su granito de arena para hacer la vida de otros un poco mejor.

 

« Aquí todos los chavales encuentran un oído amigo ».

Themba Kani Maseti

¿Su lema? “Nakanjani”, responde recreándose en cada una de sus letras. Traducido: que venga lo que tenga venir. “Significa que puedes lograr muchas cosas aunque tu posición de salida no sea la mejor. El futuro está en tus manos. Si has decidido dar al botón de Pause en tu vida, nosotros te ayudamos a volver a encontrar el Play”. 

Nos explica que el centro está ahí para recibir y atender todas las preguntas y problemas a los que se enfrentan los jóvenes. “Aquí todos los chavales encuentran un oído amigo”, afirma. Pero una de las funciones más importantes sigue siendo el asesoramiento en materia de salud, sobre todo la concienciación sobre el VIH/sida. De hecho, ese fue precisamente el objetivo con el que se creó la fundación loveLife.

Algo alejadas del barullo, diez chicas esperan pacientes delante de la consulta de la enfermera Phumeza Buzani. También ella es joven, y tiene una sonrisa amable. Muchos jóvenes no se atreven a acudir a las clínicas municipales para hacerse la prueba del sida o solicitar asesoramiento, nos cuenta. Tienen miedo de acabar siendo vistos con un formulario amarillo –el de los infectados con el VIH–. Aquí el ambiente es de más confianza. No hay formularios amarillos. Y Buzani puede tomarse el tiempo necesario para, por ejemplo, explicarles con calma cómo se usa un preservativo femenino. Cada día constata la inmensa falta de información que hay. En una encuesta del Fondo de Población de las Naciones Unidas realizada el año pasado, solo un 40% de los jóvenes respondió correctamente a la pregunta de cómo protegerse del virus del sida.

Si por ella y por Themba fuera, acogerían a muchos más jóvenes al día. Pero los prejuicios pesan mucho. Especialmente los chicos “pasan” del loveLife. Precisamente aquí es donde entran en escena los “groundbreakers”. “Muchos jóvenes piensan que aquí solo hablamos sobre sida, condones y amiguitas”, cuenta Ayanda, “y, claro, no les motiva en absoluto”.

A la mañana siguiente, en el instituto Solomon Mahlangu, somos testigos de cómo hace para romper el hielo. Le acompaña su compañera Siphosetu. Son las 07:30 de la mañana. Cientos de chicos y chicas entran en tromba con sus uniformes amarillos en el recinto escolar. Hablan, ríen… También los de 18 años mientras se agolpan en un aula para recibir a los visitantes. Pero Ayanda y Siphosetu saben cómo hacerse escuchar. Dan una palmada, dos... los estudiantes responden también con palmas. Significa “silencio”. Y funciona. El tema de hoy es la orientación profesional. Los “groundbreakers” van lanzando una pregunta tras otra: “¿cuál es la diferencia entre una profesión y un trabajo?”.

« El futuro está en tus manos ».

Themba Kani Maseti

Quienes responden correctamente reciben de regalo una cantimplora de plástico de loveLife lanzada por aire. Todos ríen alegres, aplauden, gritan. Esto no es una aburrida clase de teoría, tampoco un asesoramiento profesional al uso. “Todo es posible si lo deseas”, sería el mensaje. Cuando, una hora después, salen del aula, ambos están rodeados de caras felices.

Para el director de la escuela, Mncedi Mtengwana, este tipo de campañas son “imprescindibles”. Se ha propuesto conseguir que el instituto Solomon Mahlangu escale posiciones en el ránking estatal. Hace dos años, solo un 29% de los estudiantes aprobó el examen final; un año después lo consiguió un 48% y el año pasado, un 72%. En parte gracias también a la colaboración de los “groundbreakers”, asegura. El número de jóvenes embarazadas, por ejemplo, está reduciéndose notablemente. “Antes, al instituto venían enfermeras más mayores para hablar con los jóvenes sobre el sida y el sexo. Pero funciona muchísimo mejor cuando la información la proporcionan otros jóvenes”. Además, cuando sus chicos están en el centro de juventud, sabe que puede estar tranquilo. “Este ‘township’ es un lugar peligroso. No tenemos ni cines ni centros comerciales, aquí solo hay bares. Así que, visto lo visto, ¿a quién le sorprende que los chicos no aprueben los exámenes?”.

Esta tarde acompañamos a Siphosetu hasta su casa. Tiene 20 años y vive en un barrio algo más favorecido que Kwanobuhle. Su madre –una mujer menuda y vivaracha– trabaja empaquetando bolsas en un supermercado. Su casa no es muy grande, pero en la sala de estar dentro de una vitrina relucen unos vasos de cristal limpios como los chorros del oro. Fotografías con marcos dorados muestran al padre, ya fallecido, y a la hija en uniforme escolar con muchas distinciones en la solapa. “Antes no sabía lo que quería, no tenía confianza en mí misma y tenía muchos problemas para relacionarme con los demás”, se sincera Siphosetu. Hoy, presenta todos los viernes un programa de radio en la L2K, y cuenta con un grupo de fans en Facebook. Pronto terminará sus estudios de gestión de recursos humanos. “En loveLife he aprendido a aceptarme a mí misma y a crecer. Soy una persona totalmente nueva”. Preguntada por su sueño, espontáneamente contesta: “Trabajar en Volkswagen”. La planta de producción de Uitenhage es, de lejos, el mayor empleador de la región. Su padre también trabajaba allí.

« Soy una persona totalmente nueva ».

Siphosetu Makasi

¿Una generación nacida libre, pero perdida? Siphosetu y Ayanda derrochan tanto optimismo y buen humor que, en realidad, la pregunta está de más. Estos centros no pueden hacer mucho por cambiar los problemas a los que se enfrentan cada día los jóvenes negros sudafricanos. “Pero lo que sí podemos hacer es ayudar a los chicos a lidiar con ellos y a alcanzar metas supuestamente inalcanzables”, nos había dicho Themba a modo de despedida. “Nakanjani”.

Think Blue. en Sudáfrica:

loveLife es uno de los numerosos proyectos internacionales con los que Volkswagen pone en práctica su compromiso ecológico y social con el desarrollo sostenible. En Sudáfrica, Volkswagen colabora, entre otros, con el Dyer Island Conservation Trust (ver edición 4/2013).