Volkswagen Magazine

1. ¡Buenos días, Lisboa!

¡Todo el mundo al Beetle que nos vamos! Como el primer café de la mañana parece no habernos despertado, nos echamos a las calles de Lisboa en busca de más cafeína. Nos dirigimos al Deli Delux, a orillas del Tajo, disfrutando del arte urbano y los grafitis por el camino. Desde la terraza, observamos los cruceros durante nuestro segundo desayuno con galão, aceitunas y jamón de pata negra. Acto seguido, recorremos las estrechas callejuelas con las ventanillas bajadas, topándonos ocasionalmente con algún tranvía.

El tamaño compacto del Beetle es de agradecer; también a la hora de aparcar. Y el panorama es tan atractivo que no sabemos si admirar las casas revestidas de azulejos del casco antiguo o las bonitas nubes de algodón del cielo. Pero ahora nos vamos hacia la costa; todavía hay mucho por hacer.

Casas revestidas de azulejos, cielo azul.

2. El sol y el faro

Salimos a la carretera de la costa, en dirección norte. Nuestra siguiente parada es Cabo de Roca, el punto más occidental de Europa. Por el litoral portugués encontramos faros en cada esquina, aunque este ejemplar es muy especial gracias a su espectacular situación entre el mar y la montaña. En la carretera nacional por fin podemos pisar el acelerador. El faro rojiblanco se va haciendo pequeño en el retrovisor, mientras el Beetle Dune toma las curvas con estabilidad y ningún bache es capaz de sacarlo de la carretera. No nos sorprendería si empezara a despegar y saliera volando.

No nos sorprendería si el Beetle empezara a despegar y saliera volando.

Las almejas del restaurante Água e Sal están recién sacadas del mar.

3. Almuerzo en Azenhas do Mar

Por fin llega el mar hasta nosotros; o al revés, según se mire. A lo largo de la localidad costera de Azenhas do Mar hay magníficas playas. Aparcamos el coche en la pendiente y nos lanzamos al agua. Con sus casitas blancas de tejados rojos, el pueblo parece esculpido en lo alto del acantilado a orillas del Atlántico. A las puertas del restaurante Água e Sal encontramos el mejor aparcamiento. Nos sentamos en los bancos de madera y contemplamos las sábanas blancas que ondean al viento en los tendederos de la vecindad. Hay gambas al ajillo y almejas. Durante el café disfrutamos de las vistas sobre la piscina natural, que se llena con la marea alta. Si deslumbrados por la luz entrecerramos los ojos, el paisaje del mar adquiere un tono dorado. Casi tan dorado como el Beetle.

El Beetle Dune, que destaca por su excelente estabilidad en las curvas, puede con cualquier bache.

4. El ensordecedor Atlántico

En Praia dos Supertubos, cinco kitesurfistas disfrutan del viento de la tarde. Como las ráfagas son demasiado ruidosas, nos entendemos como podemos con manos y pies. Luego continuamos nuestro viaje hacia Peniche. Allí, los gigantescos acantilados nos roban el aliento. En verano, los pueblos costeros están llenos de turistas; ahora solo sus habitantes pasean entre las barcas de pesca y los chiringuitos de helados. Por aquí casi nunca pasan coches amarillos, de modo que el Beetle es una gran atracción entre las casas color rosa chicle.

Lo que hace perfecta la iglesia de San Pedro en Óbidos son sus estupendos aparcamientos.

5. El laberinto más bello.

A los turistas alemanes, la pequeña ciudad medieval de Óbidos –con sus laberínticas callejuelas– les recuerda a Rothenburg ob der Tauber.
Pero a nosotros nos importan poco las comparaciones y vamos en busca de sus famosos pasteles de nata. En la Pastelaria d’Avó Adélia nos comemos varios trozos de torta do Algarve y, atiborrados de crema de almendras, emprendemos el último tramo de carretera nacional. Gracias a la conexión USB, el Beetle siempre tiene la mejor música. Suena The Kills: «A little tornado, a little hurricano, last day of magic, where are you?», justo cuando atravesamos la localidad de Tornada.

6. Caldas da Rainha: el hospital fantasmagórico

Próxima parada: Caldas da Rainha. En el Museu do Hospital e das Caldas, un antiguo hospital termal del año 1485, rondan los fantasmas del pasado. Probamos las bañeras de piedra, paseamos alrededor del lago y especulamos sobre las escalofriantes historias que pudieron haber tenido lugar aquí.

Probamos las bañeras.
El viento del atlántico es tan fuerte que, incluso con el coche parado, te puede arruinar el peinado.
En temporada baja, Nazaré (con 10.000 habitantes) es un lugar perfecto para relajarse en el Atlántico.

7. El Beetle conquista las dunas

Cuando empieza a caer el sol, llegamos a la legendaria playa de surf de Nazaré. Cuentan que el hawaiano Garrett McNamara ha cabalgado aquí olas de hasta 30 metros, pero nosotros no tenemos la suerte de poder verlo. Hoy las olas no superan los dos metros. Un par de surfistas se deslizan sobre ellas hacia la puesta de sol de película. Y en un lugar tan mítico no hace falta articular palabra para entendernos: ¡hay que bajar! Lanzamos los zapatos hacia el coche y empezamos a descender, pisando con cuidado sobre las arenosas rocas ya algo frescas. El aire huele por primera vez a verano este año; nuestros pálidos pies tantean el escarpado suelo por encima del océano. Y antes de que el Beetle Dune nos lleve de vuelta, respiramos profundamente por última vez, embriagados por el murmullo del mar.

Nuestro dúo en el Atlántico

Caroline Schmitt La periodista ha recorrido a pie el desierto del Líbano, se ha tirado de cabeza desde acantilados de once metros de altura en lagos canadienses y ha atravesado a nado el lago de Garda con su pastor alemán Charlie. Después escribe sobre sus aventuras para el blog de viajes Travelettes, entre otros.

Bernhard Huber El fotógrafo muniqués ha hecho reportajes en Marruecos, Groenlandia, India y Camboya, entre otros lugares; también regularmente para Volkswagen Magazine. Una selección de sus fotografías se puede ver en:

El aire huele por primera vez a verano este año.