Volkswagen Magazine

Historia

Leyendas vivas.

En el taller de restauración de Volkswagen Vehículos Comerciales se recomponen Bullis originales de los años 60 y 70 con tanto detalle que incluso se reproduce fielmente cada costura de los asientos. Para los mecánicos se trata de algo más que un mero trabajo y para los clientes, su T1 o T2 es también algo más que un mero vehículo. Una visita al taller.

Texto Susanne Frömel
Fotografía Benjamin Pichelmann

El primer Bulli no se olvida nunca. El mío era gris, un T2 muy cuidado, con embellecedores de las llantas en color rosa chillón. Era de Frank, el primer chico por el que sentí que me moriría si desapareciera de mi vida. Ahora, pasado el tiempo, no estoy segura de si quien me hacía sentir así era él o el Bulli. El chico en cuestión era bastante alocado, mientras que el Bulli se ha convertido en un clásico.

 

En el taller de Volkswagen Vehículos Comerciales Oldtimers en Hanover se restauran Bullis como aquel bus gris de entonces. Cuando llegan aquí, a veces, la corrosión ya ha formado en los laterales grandes agujeros que dan testimonio de un amor que aún sigue vivo. En cuanto al origen de la denominación “Bulli” todavía no hay unanimidad. Podría ser la abreviatura alemana para bus y furgoneta (Bus- und Lieferwagen). O también podría ser que el aspecto fornido (“bullig” en alemán) que presenta, con su frontal plano y su trasera redondeada, les llevase a los trabajadores de entonces a denominarlo así.

Ni siquiera Gerolf Thienel puede responder con exactitud a esta pregunta pues también aquí, como ocurre en muchos casos, realidad y mito se entremezclan. Este historiador tecnológico es el conservador de la colección y trabaja mano a mano con el taller. Su misión es tan clara como intrincada: devolver a los Bullis a su estado original. Los propietarios llevan al taller los vehículos, ya entrados en años y en parte muy deteriorados, para que los mecánicos hagan por ellos lo que puedan. Una restauración de estas puede llegar a costar hasta 100.000 euros si se quiere reproducir hasta el más mínimo detalle como, por ejemplo, las costuras de los asientos.

El salpicadero del Bulli atrae por su sencilla elegancia.

« Siempre es bueno que la gente asocie algo más que datos técnicos a un coche  ».

Gerolf Thienel, conservador de la exposición

Por un T1 bien conservado se pueden pagar unos 200.000 euros. Esto es algo que dificulta el trabajo de Thienel, pues su objetivo es reunir el mayor número posible de modelos con encanto, pero los propietarios saben muy bien el valor de lo que tienen en el garaje.


“Hacemos una oferta que revisa un perito”, explica Thienel y añade: “No pagamos precios exorbitantes”. El Centro de Restauración existe desde hace tres años y medio escasos: el mismo tiempo que lleva Gerolf Thienel al frente. Desde 2008, el departamento ha reunido 90 unidades obtenidas a través de concesionarios o directamente de particulares. Thienel sabe muy bien que con los Transporters compra no solo el vehículo en sí, sino también la historia que lleva a sus espaldas. “Es un vehículo que denota confianza”, observa y añade: “Siempre es bueno que la gente asocie algo más que datos técnicos a un coche”.

Antes de proceder al montaje se pulen bien las piezas.

El T1, el T2 y, quizá ya, el T3 son algo más que simples vehículos. Esto es lo bueno de las cosas y de los objetos de uso cotidiano que, sin tener que hacer nada, de repente cobran vida propia y perviven durante décadas. El Bulli representa una concepción de la vida que le transporta a uno mucho más allá de sus propios límites. Y puede ser que sea esta idea la que subyace en su origen cuando se creó un vehículo práctico y maniobrable que, en la época de la posguerra, se utilizó no solo para transportar cargas, sino también grupos numerosos de personas bien para viajes largos o, simplemente, para hacer una relajada excursión.
Quien tenía un Bulli, tenía la suerte de poder viajar con amigos. 

La restauración de un Bulli puede llevar hasta un año.

No todos los vehículos llevan una asombrosa historia a sus espaldas, pero algunos sí que la tienen. Por ejemplo, el Bulli de color rosa cereza de Pete Townshend, la estrella del rock de “The Who”, que se incluye en la colección. En 2005, Townshend y su mujer decidieron transformarlo en una autocaravana de lujo. 58 CV (43 kW), asientos de brocado de flores y un equipamiento interior de lo más completo y moderno de entonces que incluía un hornillo de gas y amplios armarios. O, por lo menos, bastante amplios para un T2, pues quien viaja en un Bulli, ya sabe que se tiene que limitar a lo imprescindible.

« El negocio sigue floreciendo puesto que la gente no quiere separarse de su Bulli ».

Daniela Sickora, mecánica

El T1 y el T2 eran vehículos en los que la sensación que producían contaba más que su rendimiento técnico. Sus motores funcionan con toda fiabilidad, pero no son especialmente potentes. A partir de los 100 km/h la cabina empieza a llenarse de ruido. El Bulli resulta ideal para conducir tranquilamente y disfrutar de la vida con una actitud relajada y los ojos bien abiertos. Quizás la llama de amor aún viva por el Bulli sea un antídoto contra el estrés contemporáneo.

 

En el taller de Hanover se hace todo a mano. Las carrocerías se reforman todavía a base de martillo y máquinas de soldadura y no a base de corte por láser. Por eso, cada reparación lleva su tiempo. Para un vehículo en el que la corrosión haya hecho especialmente mella se necesita casi un año para dejarlo a punto. Algunos clientes llaman todas las semanas para preguntar por el progreso de su Bulli y pedir fotos.

El pulido de piezas forma parte de la rutina para Kimberly Pieper, una joven aprendiz.
Los colegas más veteranos enseñan a los más jóvenes lo que significa trabajo detallado de verdad.

Un Bulli siempre es algo muy personal. Cuando llega la hora de entregar el vehículo ya restaurado al cliente, la despedida siempre se convierte en un momento lleno de emoción pues, en palabras de Gerolf Thienel: “Entregamos mucho más que un simple vehículo”.

Había, por ejemplo, un cliente que quería que su T1 le proporcionase exactamente la misma sensación de conducción que en 1961. Por ello, en el taller se le integró un sistema de freno original de un solo circuito y neumáticos de estructura diagonal como los originales. Las piezas de repuesto las guarda Daniela Sickora en su almacén, donde se apilan cajas de embellecedores de llantas, faros, ceniceros y parachoques. Muchas de estas piezas son originales y otras proceden de las fábricas de Brasil, donde hasta hace poco todavía se producía el T2. Y es que en Sudamérica, el Bulli aún sigue siendo considerado el vehículo más práctico cuando se trata de transportar personas y mercancías. “Busco piezas originales en todo el mundo por Internet”, revela esta mecánica de 24 años. El negocio sigue floreciendo puesto que la gente no se quiere separar de su Bulli.

Los coleccionistas envían tornillos y bloques motor de un continente a otro y el taller de Hanover es, naturalmente, el centro de peregrinación mundial para todos los fans del Bulli.

En la nave de exposición hay unos 90 vehículos perfectamente remodelados.

Uno de los modelos más bellos de la colección es un bus Samba en color blanco azulado y turquesa. El modelo “Samba” era un modelo especial con equipamiento especial (“Sonderausführung mit besonderer Ausstattung” en alemán, de ahí la abreviatura Samba). Pequeñas ventanas adornan la parte del techo donde este se curva y, en su parte, superior hay una claraboya corrediza. Por su aspecto acogedor y sugerente, como una cesta de picnic sobre ruedas, el modelo Samba es el vehículo ideal para excursiones. De todos los vehículos expuestos, el más triste es un T1 de plataforma. Se trata de un préstamo pues el propietario no quería desprenderse de él.

Se pasó décadas a la intemperie. Primero se fue formando una densa capa de hojarasca a lo largo de los años y, más tarde, se empezó a apilar madera sobre la chapa ya totalmente oxidada. Y así fue pasando el tiempo, hasta que un día el propietario se apiadó de él, pero lamentablemente su grado de deterioro ya era demasiado avanzado como para poder salvarlo.
El taller no puede obrar milagros. En el interior huele a rancio y humedad, pero aun así todavía exhala esa confianza indestructible que solo un Bulli puede desprender. El ruego que hizo el propietario resultó conmovedor: “Por favor, no lo coloquen junto a un modelo de ambulancia”. Y es que no quería que pareciera que su Bulli necesitaba urgentemente un médico.

Para muchos, el Bulli es como una extensión rodante de su casa.

Taller de Bullis.

Ya sea por medio de una restauración completa o por medio de unos simples retoques de belleza, el equipo compuesto por 21 empleados devuelve a los Bullis a un estado muy próximo al original tanto desde el punto de vista técnico como visual . Para conseguirlo, los mecánicos primero llevan a cabo una meticulosa investigación sobre el estado original de cada vehículo y examinan cada pieza con total rigurosidad . La nave donde se lleva a cabo la restauración se encuentra en las inmediaciones de la planta de Volkswagen Vehículos Comerciales en Hanover.