Volkswagen Magazine

Passat

Fuego, hielo y un híbrido.

¿Se puede dar una vuelta entera a Islandia con el Passat GTE híbrido enchufable sin repostar gasolina ni una sola vez? Tres amigos han hecho la prueba. Esta es la historia de su desafío en la isla mágica.

Texto Paulina Czienskowski
Fotografía Ailine Liefeld
Filmación Bastian Beuttel

Por un momento, con solo mirar las famosas fotografías, vuelve a invadirte esa misma sensación: la inmensidad de la Laguna Azul, las enormes pinceladas que tiñen en el cielo la aurora boreal, las nubes de ceniza del tristemente famoso volcán Eyjafjallajökull, que en 2010 paralizaron el tráfico aéreo europeo… En Islandia es fácil sentirse pequeño e insignificante. Tanta y tan grandiosa belleza en un mismo lugar es algo que no se ve muy a menudo.

Para nuestro viaje insular por carretera hemos elegido un coche que impulsa la idea de movilidad eléctrica. Se trata del Passat GTE Variant, un híbrido enchufable que combina motor eléctrico con motor de combustión interna. Cuando digo “hemos”, me refiero a Ailine, Bastian y yo, Paulina, tres amigos de Berlín que, además de en el coche y el destino, estamos de acuerdo en algo más: el cosquilleo en el estómago que produce el pequeño desafío que tenemos entre manos y que convierte en perfecto el mejor de los viajes.

El desafío es el siguiente: En condiciones ideales, combinando el modo eléctrico y el motor de combustión, el Passat GTE tiene una autonomía de más de 1.000 kilómetros, mientras que la carretera de circunvalación que rodea Islandia supera los 1.300. ¿Conseguiremos llegar al final con un poco de inteligencia táctica y un único depósito de gasolina? ¿Encontraremos suficientes puntos de recarga por el camino? Apuesta aceptada. ¡En marcha!

Islandia: una isla de fábula

Con más de 100.000 kilómetros cuadrados de superficie, Islandia es, después del Reino Unido, el segundo país insular más grande de Europa. Al mismo tiempo, también es el país con menos densidad demográfica del continente: una media de tres habitantes por kilómetro cuadrado (la población total ronda los 330.000).

Surgida en el Neógeno (hace 20 millones de años) como consecuencia de lava que atravesó la corteza terrestre, Islandia es la isla más joven de Europa. En la era glacial, quedó cubierta de masas de hielo que se volvieron a fundir parcialmente durante el Holoceno y dieron lugar a su espectacular paisaje.

En la historia política reciente, Islandia se vio muy afectada por la crisis financiera mundial de 2008, que hizo quebrar a sus tres grandes bancos comerciales. Hoy en día, las reformas con las que el país salió de la crisis se consideran modélicas.

Día 1

385 kilómetros,
7 horas.

De Keflavík a Skógafoss. Tras solo unos kilómetros, ya nos sentimos lejos de toda civilización. Partiendo del aeropuerto de Keflavík, al suroeste, circulamos hacia el este por carreteras cada vez más vacías. Velocidad máxima: 90 kilómetros por hora. Pero tampoco queremos ir más rápido: queremos poder disfrutar del paisaje. El paraje es de ensueño: verdes extensiones salpicadas de colinas recubiertas de vegetación, roca volcánica, un cráter con el agua de un tono verde azulado como nunca antes habíamos visto… Y en mitad de toda esa naturaleza: solos nosotros tres.

Algunos tramos los recorremos callados, absortos. En modo eléctrico, el Passat GTE nos secunda con su sigilo. Guardar silencio es lo más apropiado en este paisaje: ¿qué vas a decir ante semejantes vistas? Es imposible describir Islandia en una sola palabra.

Es espectacular, impresionante, maravilloso, casi inconcebible. El paisaje parece cambiar casi a cada metro. No paramos de girar la cabeza a izquierda y derecha, adelante y atrás. En ocasiones, el cambio es tan drástico que parece que cruzáramos los platós de un estudio cinematográfico y que en cualquier momento pudieran empezar a salir ‘hobbits’ de las colinas cubiertas de hierba o aterrizar una nave espacial sobre las rocas. Solo es el primer día y ya estamos desbordados por las impresiones: paisajes lunares, cráteres, playas de arena negra, praderas, un estanque natural de agua caliente al abrigo de los peñascos...

Entramos en la ciudad de Selfoss para almorzar. Aún estamos al principio de nuestro desafío –apenas hemos recorrido 100 kilómetros– y ya casi nos resulta extraño estar de nuevo entre personas. Repostamos por primera vez en un punto de recarga eléctrica, algo que la ley permite hacer sin restricciones. Aun siendo novatos, no resulta tan complicado como pensábamos: subimos la tapa, enchufamos la clavija y listo... solo queda esperar. El empleado del punto de recarga se sorprende cuando preguntamos cuánto le debemos. “Nada”, responde, “en Islandia el repostaje eléctrico es gratis”. Recargados los kilómetros, continuamos hacia el este. Queremos ver las mágicas cataratas.

Durante un viaje por carretera, hay tiempo para elucubrar teorías sobre todos los aspectos imaginables de la vida. Constatamos, por ejemplo, que las ovejas tienen que ir siempre en grupos de al menos tres. Una buena señal: también nosotros somos un trío. A menudo están en mitad de la carretera y nos miran fijamente, seguras de sí mismas. No es extrañar, pues son mayoría en el país: según las estadísticas, en Islandia hay dos ovejas por cada uno de sus aproximadamente 330.000 habitantes.

Es la primera catarata que veo en mi vida.

Vemos ponerse el sol en la catarata de Skógafoss, mientras el horizonte se ilumina de intensos colores. En Islandia, durante los meses de verano, nunca llega a oscurecer del todo. Tal vez esa sea la razón por la que apenas estamos cansados aunque llevemos 16 horas de viaje. Para dormir nos instalamos en una pequeña cabaña no muy lejos de allí. Durante la noche toca recargar el coche, pues ya hemos recorrido 385 kilómetros. “¿Electricidad? Esperen”, dice la señora que regenta el hotel. Y regresa con una caja llena de cables USB y para el móvil, que, evidentemente, no nos sirven. La mujer no nos entiende y la barrera del idioma impide la comunicación. ¿Encontraremos mañana una toma eléctrica? Ya veremos. Por lo pronto, ¡a dormir!

Día 2

384 kilómetros, unas seis horas.

De Skógafoss a Egilsstaðir. Ailine debería haber sido más prudente con sus caprichos. Como ayer brillaba el sol y el cielo azul le parecía demasiado cursi, dijo que a ver si se llenaba de nubes… Ahora circulamos bajo una intensa llovizna, las golondrinas vuelan bajo y estamos a menos de 10 °C. A veces, misteriosamente, al universo le da por concederte los deseos más absurdos.

Pero lo más importante nos sale bien: poco antes del desayuno nos enteramos de que en el hotel hay un enchufe para coches. La hija de la dueña –ella sí que nos entiende– nos la muestra en el garaje de al lado. Cargamos brevemente el vehículo y continuamos la marcha, ahora con poca carga en la batería. Incluso en Islandia la actual red de puntos de recarga es tan insuficiente que se hace necesario improvisar un poco.

Volkswagen y la movilidad eléctrica

Para Volkswagen, la movilidad eléctrica tiene –tanto para trayectos cortos como para largos– una importancia decisiva, sobre todo a la hora de lanzar nuevos vehículos y servicios. Al e-up! –el primer vehículo de serie totalmente eléctrico– se han sumado ya el e-Golf –cien por cien eléctrico– y dos híbridos enchufables, el Golf GTE y el Passat GTE. La combinación entre cero emisiones y posibilidad de trayectos largos hace del Passat GTE el acompañante ideal. Además, integra perfectamente en la vida cotidiana de los clientes distintos servicios digitales de movilidad eléctrica y un amplio paquete de prestaciones.

Ya hemos recorrido más de una cuarta parte de la ruta. Durante el segundo día, tenemos que recorrer casi 400 kilómetros para llegar a Egilsstaðir a pasar la noche. Así que, hoy por la tarde tenemos que recargar sin falta nuestro “e” o el depósito de gasolina se terminará pasado mañana. Y entonces se acabaría nuestra misión. Serpenteamos entre las colinas de la zona oriental de la isla. Recuerdan a los castillos de arena que construíamos de niños en la playa, solo que de tamaño XXL.

El siguiente paisaje nos muestra jorobas cubiertas de verde, puntiagudas como enormes senos. “Quizá estén enterradas allí las mujeres gigante”, barrunta Ailine. No importa cuánto hayas oído hablar de la belleza de Islandia, cuando estás allí y de repente te encuentras ante la laguna de Jökulsárlón, llena de agua de glaciar y de témpanos de hielo, te quedas sin habla. El hielo es de un azul tan increíble que parece que lo hubieran tratado con un programa de edición de imagen.

En la península de Stokksnes –para entonces ya hemos hecho prácticamente la mitad de la etapa de hoy–, el tiempo es tan tormentoso que nos pone los pelos de punta. Bastian bromea: “Qué, ¿ya habéis sacado el móvil?” ¡Pues claro! Ailine y yo nos hacemos ‘selfies’ sin parar. Clic, clic, clic... todo tiene que quedar inmortalizado para la posteridad.

Según el plan, en la zona oriental de la isla, en Egilsstaðir, deberíamos encontrar una columna de recarga. Ojalá sea así, porque la cosa se está poniendo fea: en este momento nos quedan exactamente 600 kilómetros de autonomía total, pero el trayecto de regreso al aeropuerto tiene unos 700. Desesperados, buscamos la columna de recarga durante media hora. Al fin la encontramos. Parece un pequeño buzón de correos plantado en el césped de delante de un auditorio. Aunque los coches aparcados la tapan casi por completo, nuestro cable llega hasta ella. ¡Ha habido suerte! Este golpe de fortuna ha salvado nuestra misión.

Día 3

337 kilómetros, unas cinco horas.

De Egilsstaðir a Akureyri. En el nordeste de la isla, el paisaje alberga cada vez más colinas. La altitud aumenta, el viento cortante hace ondear la vegetación de forma acompasada y la hierba que cubre las colinas parece querer decirnos algo. Casi como si se hubiera materializado un poema algo cursi: cae la lluvia, el viento sopla, corre el agua en las cascadas… Todo está en constante movimiento. “Por eso aquí dos personas no podrán hacer nunca la misma foto”, cavila Ailine. El ambiente es propicio para la meditación. Oímos nuestra propia respiración.

Más adelante, en las carreteras que cruzan el altiplano, nos sorprende la niebla. Es tan densa que apenas nos permite avanzar a 30 kilómetros por hora y no podemos más que entrever lo que hay a derecha e izquierda de las pronunciadas curvas. ¿Elfos y ‘trolls’ en el precipicio? Sentados en el coche, con las caras pegadas al parabrisas como si fuéramos miopes, nos vamos guiando a ciegas por los pilares amarillos situados al borde de la carretera. Otro desafío más. Aunque de este nadie nos había hablado.

Por eso aquí nadie hará nunca dos fotos iguales.

Nuestro objetivo: llegar a la solfatara de Hverarönd. Cuanto más nos acercamos a ella, más se disipa la niebla. El vapor se extiende. Es increíble cómo surgen aquí las nubes del suelo blando. Como si estuviéramos en un planeta remoto, vamos haciendo eslalon entre fuentes borboteantes. La sauna de vapor nos mantiene calientes, y el olor a huevo podrido no nos desanima.

Nuestras carcajadas se suceden cada vez más fuertes.

De vuelta en el coche, nos alarma ver el indicador de la autonomía restante. Lo que muestra es preocupante: la reserva de gasolina se ha terminado. Si esta noche no podemos volver a cargar la batería, nuestra misión quedará seriamente comprometida. Pero la preocupación no nos dura demasiado: el intenso olor a azufre ha dado al grupo de viajeros ganas de hacer el tonto. El almuerzo, del que damos buena cuenta apostados sobre unas rocas, dura más de lo previsto, interrumpido una y otra vez por nuestras carcajadas, que se suceden cada vez más fuertes. Nos cuesta masticar y tragar.

Por la noche, en Akureyri, donde pernoctamos, buscamos otra vez las columnas de recarga. Esta vez son fáciles de encontrar, pero la clavija no se puede enchufar en nuestro coche. En Islandia, los puntos de recarga son algo diferentes: mientras que nosotros usamos el conector más extendido en Europa, aquí solo utilizan los estándares para coches asiáticos. Y el indicador de los kilómetros de autonomía nos lo deja dolorosamente claro: tendremos que repostar... ¡gasolina! Autonomía: 100 kilómetros justos. Las eternas subidas y el fuerte viento le han costado al Passat GTE más energía de la prevista. Nos guste o no, es lo que hay: hemos perdido la apuesta después de haber recorrido 1.121 kilómetros, aproximadamente el 72% del recorrido total.

Cómo conducir un híbrido: ¿cuál es la forma más eficiente de conducir en modo eléctrico?

La energía que se libera al frenar o durante la conducción semiautomática con el “stop-and-go” es reconvertida por el generador (mediante recuperación) en tiempo de funcionamiento de la batería. Por ello, el vehículo es especialmente conveniente para circular en ciudad o entre localidades.

No obstante, para viajar en modo eléctrico es muy importante ser previsor. Es mejor no acelerar o frenar con demasiada fuerza, pues se reduce el tiempo de autonomía.

Las prestaciones que consumen corriente (climatización, radio, calefacción del asiento, etc.) también disminuyen la autonomía, por lo que conviene desconectar lo que no sea imprescindible.

Día 4

422 kilómetros, unas cinco horas.

De Akureyri a Keflavik. El primer vistazo al exterior por la mañana ya no nos afecta mucho: gris y más gris. Ahora que ya empezábamos a acostumbrarnos al clima –no muy apacible– de la isla, tenemos que irnos. Así que ponemos rumbo a Reikiavik, donde reside el 80% de la población del país y desde donde iremos al aeropuerto. Un lento aperitivo de la vida urbana. No hemos podido cumplir nuestra misión “híbrida”, pero al menos concluiremos nuestro viaje con dignidad.

Al mediodía, durante el almuerzo en Borgarnes, recargamos la batería. Aquí el conector sí que sirve. La pena es que ahora las nubes están tan bajas que dejan poca visibilidad. Los extensos paisajes que hemos disfrutado estos últimos días nos tienen muy mal acostumbrados. Parece que Islandia nos quisiera hacer más fácil la despedida. Sin embargo, en cuanto el cielo se despeja un poco, vuelve a invadirnos esa sensación tan especial que ha caracterizado los días previos: todo parece tan irreal... y a la vez tan auténtico. Las vistas desencadenan todo un abanico de estados de ánimo en quienes tripulamos el coche: desde la melancolía hasta la dicha, pasando por un sentimiento de libertad desconocido. Entre las tiendas ‘duty free’ del aeropuerto de Keflavík, la magia se evapora. Es hora de tomarse una cerveza, hoy ya no se sentará nadie al volante. ¡Gracias, dios Odín! ¡Skál!

Las nubes están bajas y nosotros muy mal acostumbrados por las amplias vistas de los días previos.

En cuanto el cielo se despeja un poco, vuelve a invadirnos esa sensación tan especial que ha caracterizado los días previos: todo parece tan irreal... y a la vez tan auténtico. Las vistas desencadenan todo un abanico de estados de ánimo en quienes tripulamos el coche: desde la melancolía hasta la dicha, pasado por un sentimiento de libertad desconocido. Entre las tiendas ‘duty free’ del aeropuerto de Keflavík, la magia se evapora. Es hora de tomarse una cerveza, hoy ya no se sentará nadie al volante. ¡Gracias, dios Odín! ¡Skál!

Todo parece tan irreal... y a la vez tan auténtico.