Volkswagen Magazine

“¿Quieres hacer el favor de conducir como Dios manda?”, dice Dirk contrariado desde el asiento del copiloto, “¡y baja esa radio!”. En realidad no ha pasado nada. Lo único que he hecho ha sido tomar una curva cerrada por una carretera de gravilla un tanto enérgicamente, dando un pequeño aceleroncito. Nada capaz de alterar a nuestro nuevo Tiguan 2.0 TDI SCR.

Además, el abismo que este paisaje kárstico abre hacia el mar queda de mi lado. Pero Dirk está tenso. Y cuando subo el volumen de la radio porque ponen una canción de Bon Jovi, ya estalla. Vale. Me pongo a conducir con más prudencia y apago “It’s My Life”. Al fin y al cabo, todo esto lo he organizado para él.

»“Necesitamos montañas”, me dijo Dirk en primavera después de una salida con el dron, “… y mar”, añadió. “O las dos cosas a la vez”, contesté yo. “¡Creo que tengo una idea!”

Mi plan era regalarle a mi mejor amigo una escapada los dos a Croacia por su cumpleaños con el objetivo de hacer un pequeño viaje en coche y mirar en busca de bellos lugares para filmarlos con su dron. Este es nuestro nuevo hobby desde que hace un año Dirk se compró un DJI Phantom 3 Pro con cámara 4K.

Los fines de semana nos levantamos siempre muy temprano, metemos el dron y a mis hijos en el coche y nos vamos a algún lago, un molino o una cantera de lignito. Una vez allí, ponemos a volar los drones y, más tarde, Dirk se encarga de cortar el material filmado y hacer un vídeo. El domingo por la tarde lo colgamos en internet y así tenemos la sensación de haber hecho algo productivo. Me encanta nuestro hobby, pero la verdad es que nuestra ciudad, Berlín, y sus alrededores los tenemos ya muy vistos. “Necesitamos montañas”, me dijo Dirk en primavera después de una salida con el dron, “… y mar”, añadió. “O las dos cosas a la vez”, contesté yo. “¡Creo que tengo una idea!”.

Croacia es la combinación ideal de mar y montaña. En la zona en la que viven mis padres, a lo largo de la costa se alinea toda una serie de pueblos a cuál más bello.

Entre medias hay ciudades más grandes como Zadar, Šibenik y Split, con estrechas callejuelas en el casco antiguo, monumentos históricos y una vida nocturna muy animada. Hasta la montaña de Velebit, que resguarda la costa del mal tiempo proveniente del interior, solo se tarda tres cuartos de hora en coche. Esta montaña, de 1.757 metros, alberga varios parques nacionales y naturales. Dirk no se hizo de rogar.

Lo que vemos por la ventanilla mientras dirijo el Tiguan hacia el valle es justo lo que nos esperábamos: rocas de un color gris claro, arbustos doblegados por el viento, nubes majestuosas y, de fondo, el mar Adriático. Lo malo es que no podemos grabar nada de ello porque al primer intento de ponerlo en funcionamiento, el dron ha comunicado que necesitaba una actualización. ¡Justo ahora! Y tampoco podemos disfrutar del paisaje porque, mientras ascendemos, Dirk de repente recuerda por qué desde pequeño se siente incómodo en las montañas: no le gustan las alturas. No le gustan nada.

Quizá nos hayamos precipitado demasiado. Lo dejamos por hoy y volvemos a casa. Mis padres han preparado gambas. Nos relajamos disfrutando de los placeres dalmáticos. Después cargamos la actualización y, además, averiguo cómo conectar mi smartphone al Tiguan para poder escuchar nuestra propia música. Por supuesto, sin Bon Jovi.

A la mañana siguiente partimos con la primera luz del alba. Volvemos a poner rumbo a las montañas. De camino hacemos un alto en un área de servicio situada delante de un puente rojo que atraviesa el cañón de un río. Tomamos un sendero que desciende por las rocas, montamos los rotores en el dron y... ¡por fin despega! Dirk lo eleva por encima del agua, sobrevuela el puente y un hotel vacío en la otra orilla hasta que se gasta la primera batería. Así sí que nos habíamos imaginado el viaje.

Drones: ¿dónde y cómo?

Para pilotar un dron no es necesario tener un carnet especial. Solo para los drones con un peso de más de 5 kilogramos al despegue hace falta una autorización. Los modelos de la serie Phantom de DJI pesan menos de 1,5 kilogramos.

En general, está prohibido sobrevolar espacios con una alta concentración de gente, objetos militares, carreteras, autopistas y centrales eléctricas. En torno a aeropuertos no se puede volar en un radio de 1,5 km. En muchas ciudades hay normas especiales que los prohíben.

El precio de estas aeronaves varía mucho. Los modelos sencillos y económicos se controlan a través de una aplicación de smartphone, pero únicamente sirven para hacer fotos. Los drones con control remoto y cámaras de alta resolución que emiten imágenes en directo son mucho más caros.

La segunda batería –cada uno mantiene el dron aproximadamente 20 minutos en el aire– es para mí y la dedico a otro cañón. El río Zrmanja parece incrustado en el paisaje. Aquí se rodaron escenas de las películas de Winnetou. Dirk canturrea sonriente la música de la película mientras yo hago volar el dron descendiendo por el desfiladero hacia el agua azul turquesa.

Cerca de la ciudad de Obrovac, la carretera se bifurca en dirección a Modrići, el lugar de nacimiento de Luka Modrić, jugador de la selección de fútbol de Croacia. ¿Cómo se puede aprender a jugar al fútbol entre tanta roca? Pasamos por delante de un puñado de casas y, a continuación, la carretera empieza a escalar serpenteando la montaña. Dirk vuelve a enmudecer. Pero nos hemos propuesto subir a una pequeña iglesia que hay debajo del prominente pináculo de roca.

Una vez arriba, nos maravillamos ante las vistas. Al menos, yo. Dirk se entretiene haciendo volar el dron y filmando hasta que se gasta la tercera batería. Después nos vamos de allí rápidamente.

En la carretera encontramos un restaurante con un pequeño “zoo” con cabras, burros y avestruces. Nos abstenemos de preguntar si también los ofrecen en el menú y nos decidimos por la clásica parrillada mixta. Aquí también podemos cargar las baterías. Todo marcha a pedir de boca.
La tarde adquiere un carácter meditativo: conducir, volar el dron, conducir, volar… ¡Una auténtica delicia!

»La tarde adquiere un carácter meditativo: conducir, volar el dron, conducir, volar… ¡Una auténtica delicia!«

Continuamos deslizándonos con el Tiguan por valles y campos. En una torre de vigilancia nos encontramos con un bombero muy agradable. Lanzamos el dron desde una montaña, con el archipiélago de las Islas Kornati a nuestros pies. Por la tarde nos lleva mi padre en su barco. Dejamos que el dron se eleve desde la proa y en la pantalla de nuestro control remoto vemos el mar turquesa salpicado de puntos de un verde blanquecino: son las islas.

Solo nos ponemos nerviosos en una ocasión, cuando el dron comunica desde 200 metros de altura que ha perdido contacto y que regresa automáticamente al punto de partida para aterrizar allí “en seis, cinco, cuatro, tres...”. ¡El punto de partida está en mitad del mar! Dirk logra detener el dron justo a tiempo. Lo dirigimos hacia la embarcación y lo cazamos en el aire desde la plataforma de popa.

“¡Menudo día!”, me digo cuando ya estamos sentados en el coche. “¿Cómo vamos a cortar las tomas?”, le pregunto a Dirk, y me pongo a charlar animadamente sobre ejes visuales, continuidad cinematográfica y bandas sonoras. Dirk no abre la boca. Le miro y sonríe. Silencio. Con el mejor amigo se puede compartir el silencio.